Es una noche fría, es una noche más oscura de lo normal, es una noche macabra y ahí va una mujer dominada por el odio, dejando marcas en su vida que no podrá borrar ni ahora, ni mañana, ni pasado mañana.---
Todo iba bien, ella era perfecta, la mujer que cualquiera desearía tener, dulce, simpática, hogareña, respetuosa, culta, elegante, hermosa. Pero los años iban pasando y a su lado iban pasando lento, demasiado lento para mi gusto. Siempre me levantaba a la misma hora, tomaba el mismo desayuno que con el tiempo fue perdiendo su sabor, veía a las mismas cosas, escuchaba la misma voz, veía el mismo paisaje por la ventana, sentía el mismo aire y ella seguía igual.
Aquel martes 17 de abril del año 1953, mientras iba caminando bajo una sutil lluvia de otoño la conocí a ella, no tenía más de 16 años, era pequeña, tan frágil como un pétalo de rosa, estaba conversando con el aire, no comprendí lo que decía pero mientras hablaba unas pequeñas lágrimas adornaban su delicado rostro, no me acerqué porque creí que no era el momento para hacerlo, seguí caminando como todos los días. Cuando volví por el mismo camino la vi a ella otra vez, estaba parada sobre una roca con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Me detuve a mirarla un par de minutos pero no se movía y preferí seguir mi camino, al fin de cuentas yo tenía a una mujer esperándome para cenar, pero de repente oí una preciosa voz que decía
-Me has estado mirando- Me sonrojé y la miré. Oh... creo que jamás podré olvidar aquellos ojos celestes y aquel cabello naranjo que se fundía con las hojas que caían de los árboles que nos rodeaban. Era tan hermosa, parecía hecha con el pincel más fino, no pude apartar mi mirada, sus ojos me absorbieron y no pude hacer nada.
Al día siguiente la vi otra vez, hizo una pequeña danza a mi alrededor y dijo
–Que tengas un hermoso día- y se fue corriendo, no le dije nada, no me dio tiempo. Los días siguientes la seguía viendo, hasta que la tomé entre mis brazos y le pedí que no se fuera, no sé por qué lo hice, supongo que sólo quería retenerla un par de minutos para no olvidarla, aunque era una excusa bastante barata, ya que desde el primer día no he podido dejar de pensar en ella.
Un día jueves 26 de julio la encontré llorando, pero esta vez no lo hacía en silencio, estaba vociferándole al cielo que no quería más guerra, que no quería sentir lo que estaba sintiendo, que no quería amarme como lo estaba haciendo. Me sentí increíblemente feliz, por lo tanto corrí hacia ella y le pedí al cielo que me ame más de lo que me amaba en ese instante. Aquella princesita se sonrojó y escondió su rostro, sin pensarlo medio segundo siquiera lentamente me acerque a sus labios. Dios,
-¿Por qué has creado a un ser tan perfecto?- pensé mientras mis labios rozaban los de ella... era perfecto, el amanecer era perfecto, el canto de los pájaros era perfecto, el delicado viento era perfecto, todo, especialmente ella era perfecta. Aquel día no hice mi trabajo, me quedé a su lado toda la mañana y todo el día, tomé su pequeño cuerpo y no la dejé ir a ningún lado.
Pasaron los meses. Jamás había amado como la amaba a ella, pero un día desapareció, dejó una nota sobre la roca donde nos reuníamos todos los días, la nota decía:
‘Mi amor, hoy no podré posar sobre tus brazos, hoy no podré admirar tus ojos, hoy no podré acariciar tu cabello ni tus manos, hoy no lo haré y mañana tampoco. Debes comprender, nuestro amor no está permitido ni aquí ni en ningún rincón del mundo, es por eso que debo alejarme antes de enloquecer por completo, perdóname’. Las lágrimas cayeron como nunca lo habían hecho, aquel día tampoco hice mi trabajo, pensé que si la esperaba podría verla y preguntarle por qué ha decidido todo ella sola, quería saber por qué me había abandonado, pero no apareció.
Regresé a casa con el alma hecha pedazos, y como de costumbre, ahí estaba ella, la otra mujer que ocupaba un mínimo espacio en mi corazón, no la quise mirar, cerré mis ojos sin decir nada y me fui al cuarto.
Leilany entró al cuarto e hizo una pregunta que me desconcertó por completo
-¿Hoy no la has visto?- Abrí mis ojos y la miré, parecía llena de odio,
-Mañana tampoco la verás, ni pasado, NI NUNCA MÁS- dijo. Supuse que ella sabía algo, así que le pregunté
-¡¡¿Le has hecho algo?!!- Leilany guardó silencio y se retiró del cuarto, la seguí y la tomé del brazo insistiendo en mi pregunta, no dijo nada, sólo se rió. La seguí presionando, pero dijo que me odiaba y sin más se fue.
Con Leilany vivíamos prácticamente en secreto, nuestra relación no fue aceptada en nuestro país natal y mucho menos entre nuestras familias, así que decidimos irnos y comenzar desde cero, aunque acá tampoco ha sido fácil, soporté todo tipo de comentarios por ella, por nuestras vidas. Pensé, siempre pensé que ella era lo único que deseaba, pero aquel martes 17 de abril de 1953 comprendí que no era así.
Oh Dios... deseo verla, deseo arroparla entre mis brazos y no dejarla ir nunca más. Quiero acallar sus miedos, quiero escapar con ella, me iría al mismo infierno si es necesario sólo para estar a su lado...
Ha pasado un mes, un mes completo sin verla... creo que estoy rozando la locura.
Lunes 4 de enero, el dolor me está quemando, ni siquiera me quedan lágrimas para seguir llorando, mi voz también se ha esfumado, ya no puedo llamarla más de lo que la he llamado. Hasta el cielo ha perdido su color, hasta el viento ha dejado de correr, supongo que ellos también la extrañan.
Ya es 16 de febrero, el dolor no ha hecho más que crecer, la extraño. Me duele caminar por aquel lugar, los recuerdos parecen estacas clavándose por todo mi cuerpo.
17 de febrero, había una carta bajo mi puerta, lo primero que pensé es que era de ella y no me equivoqué. La carta decía:
‘Amor mío, han sido los días más crueles que he vivido en mi corta vida, el dolor que he sentido al estar lejos de ti es incomparable, la pena me está absorbiendo, no soporto tenerte lejos, necesito tocar tus manos, necesito embriagarme con tus besos, no importa si vivo o muero, pero quiero hacerlo a tu lado. Te espero hoy a las 7 PM en el muelle, necesito verte, mi corazón ya no puede soportar más...’Nadie más aparte de Dios sabe cuán feliz me sentí, esperé que el reloj de las seis y salí corriendo, dejando todo atrás, incluso dejé mi vida por las calles del pueblo, sólo quería verla y si de eso dependía mi vida, era capaz de entregársela al mismo diablo.
Pero cuando llegué era tarde, Leilany llegó 5 minutos antes y el cuerpo de mi amada yacía sobre las tablas del muelle, cubierta de sangre, apenas le quedaba vida, y Leilany estaba a su lado, con una daga bañada en sangre, la sangre de la mujer que amaba.
Sin pronunciar palabra alguna observé como moría la mujer que más amé. Leilany se acercó a mí y susurró a mi oído
–Te lo dije-. Mi amada ya estaba muerta, la tomé entre mis brazos y pasé la noche junto a ella, quizá fue más de una noche, no lo sé, perdí la noción del tiempo y de la vida. Juré que me iría al mismo infierno si era necesario sólo para estar con ella y así fue, pero no antes de quitarle la vida a quien se la quitó a ella.
El odio que embargaba mi corazón era inmenso y terminé matándola, he matado a Leilany, la he matado con mis propias manos y nadie sabe cuán feliz me siento por haberlo hecho.
18 de Febrero, 1954
Alyze.-Raissen 2009
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